martes, 7 de mayo de 2013

Crónica de un Arcoíris anunciado

Rincón Casa Tomada

Nicolás llegó a Rincón 1330 en moto, de cuero, con una morocha de pelo corto que no tardaría en apostarse detrás de la barra. Cruzó la espesa puerta de madera para entrar a su centro cultural y puso una cara similar a la que habrá exhibido Orión cuando Lanzini abrió el superclásico a los 45 segundos.
Adentro había más de 20 locos colgando banderines a lo ancho y largo de las paredes, levantando mesas, acomodando enormes carteles con dibujos de colores, pegando mandalas, cebando mates, abriendo bolsos con corbatas de cotillón, sombreros y pintura. Cortaban, picaban, cavaban como si fueran los enanos de Blancanieves después del tratamiento que hizo Messi en el Barcelona para venir más alto.
Su coequiper, indefenso, había estado rezando para que el dueño del circo llegara a hacerse cargo de la situación. Rincón Casa Cultural, ese hogar de San Cristóbal devenido en punto de encuentro para artistas, horas antes custodiado por un abuelo que tocaba milongas entre las casillas bajo el puente de la autopista 25 de Mayo, estaba tomado.
Nicolás pidió, con su mejor mirada de ovejero alemán en guardia, que despejáramos los pasillos, que no acumuláramos bolsos en las mesas, que tuviésemos cuidado a la hora de pegar cosas en las paredes. Fue todo en vano. El pintoresco centro cultural ya había sido arrasado por una plaga que, de ser necesario, te pinta el Vaticano de rojo y despierta a los cardenales con AC/DC al palo.

El universo tras las cortinas

Fueron llegando los que faltaban, como nómades que construyen ciudades a su paso. Levantaban stands con artesanías, equipaban el escenario de amplificadores e instrumentos, le cambiaban la yerba al mate, montaban una radio en vivo, pintaban una galería de arte en tiempo real.
Tiempo real. Dicen los que fueron al Arcoíris más grande del Mundo que el tiempo, como en los corros de las hadas, transcurría diferente. Al cruzar las cortinas de colores del primer umbral, ellos te llevaban a su universo.
-Lo que pasa es que allá el tiempo es diferente –explicaba el mecánico mientras rastreaba con ahínco la pieza que les faltaba para reparar la nave espacial y volver a su galaxia, esa que en el centro, en vez del sol, tiene al arcoíris. –Allá, a la música, mientras la vamos escuchando la componemos. Che, en serio, si no aparece la chifurínfula para arreglar la nave, le ponemos dos alas a un bondi y nos volvemos –recapacitaba, de repente, preocupado.
-¿Pero con dos alas un colectivo va a poder volar?
-¡Bueno, hombre! ¡Le ponemos cuatro!

Un mundo ideal

Es hermosamente loco que los lugares con los que fue colaborando Tu Tiempo es Hoy tengan tanto que ver con nuestros valores, idiosincrasias, objetivos.
En 2012 quisimos aprovechar la música, esa que cada fin de semana se mezclaba con cervezas y amigos en el bar Pelthom de José C. Paz, para ayudar. O crear una herramienta para aquellos que, como nosotros, no saben de qué manera hacerlo directamente, en el campo de batalla. Ahí nos cruzamos con Silvia. La historia ya está gastada, pero va de nuevo:
Una mujer y su marido, en un barrio humildísimo de Merlo, con un hijo que padecía una grave enfermedad que lo tenía en cama, con parálisis cerebral. Matías sólo demostraba estímulos a través de la música. Y así vivía, igual que nosotros, las 24 horas del día escuchando música que lo hacía respirar, llorar, sonreír, patalear, caerse del colchón de la contentura más de una vez. Como una enviada de un planeta lejano, Silvia se cargó al hombro el almuerzo de los pibes del barrio, que un día eran 20 y al otro más de 100. Hoy Mati no está físicamente, pero toda la energía de su música se transformó en el sueño de construir el comedor en el fondo de la casa de Silvia.

Hace menos de un mes fuimos a conocer la Escuela N° 8 del barrio Cildáñez. Estábamos planeando un evento que juntara a gente de distintos puntos del Conurbano (y hasta un belga terminó cayendo, mirá), que tuviera a los colores como hilo conductor, que invitara a un grupo de extraterrestres que nos cruzamos en el camino a contar cómo era la vida en su dimensión desconocida. Cómo era su sociedad, que en vez de usar los colores para clasificar o dividir, necesitaba de la mezcla para seguir girando.
Entre mensajes en una pizarra, biromes colorinches y música boliviana que se fundía con los pedidos de ropa en un barrio arrasado por el agua durante las inundaciones del 2 de abril, conocimos a Guillermo. El director. Un director que tenía más de alienígena camuflado que de docente acartonado y mandón. Un tipo que tiene el colegio abierto después de que suena el timbre, hasta los fines de semana, alguien que decidió juntar a docentes, alumnos, padres y madres de comunidades paraguayas, bolivianas y argentinas para bailar morenada, murga y cuanto ritmo folclórico latino sirviera para unirlos a todos.
Un director que trajo a los suyos al centro cultural de San Cristóbal el domingo 5 de mayo. Vinieron con vestuarios coloridos, plumas, trenzas, vasos para brindar y un show para compartir. Fue una de las bailarinas quien contó que, cuando llegó al país, mostrar la cultura de Bolivia la avergonzaba. Pero que ahí estaba, entonces, bailando junto a su hija y su marido, para nosotros, junto a nosotros, y podía decir con la frente al techo que le daba orgullo.
-Tomé unas copas de más –dijo el director Guillermo desde el escenario –pero lo valioso de esto es rescatar la unión.
Eso es lo que decíamos, viejo. Juntos, podemos crear un mundo de papel, de colores o de risas.

Un día después

Uno termina agotado (como seguramente aquellos aventureros que se hayan comido este texto hasta acá), los domingos de eventos. Evento. Saco libretita:
pensar un nombre en vez de “eventos”. Evento suena a feizvuk o a conferencia empresarial en un hotel de Puerto Madero
Terminamos cansados pero extasiados. Todos. Cada vez más. Porque –y no es joda- el que lo vive, descubre que hay otras formas de sentirse útil. Ya Renzo, uno de nuestros dibujantes estrella (está Vero, a veces Carli, Berni o el Pollo que dibujan con el photoshop), lo dijo una vez:
-La cosa (así arrancó) es pasar por este mundo habiendo dejado algo. Descubrir qué tenemos para hacer acá, nuestra misión mientras pasamos por esta vida.

El Arcoíris más grande del Mundo estuvo basado en una historia real. Por eso, y como en las películas, les dejamos, antes de los créditos, el repaso de lo que hizo el tiempo con nosotros:

-Los extraterrestres recibieron la misteriosa colaboración de un donante secreto que les compró una chifurínfula nueva en la calle Warnes. Así, el mecánico pudo arreglar la nave y todos volvieron a casa. Mandaron un mensajito cuando llegaron. Todo OK.

-Los músicos siguieron tocando por el camino con Toti de los Jóvenes Pordioseros a la cabeza. Llevaba una flauta para guiarlos. No como el de Hammelin. Era una flautita de la panadería de acá a la vuelta.

-Un niño quedó encerrado en una burbuja gigante hecha por Demián Zen y se fue volando hasta Choel Choel.

-Las chicas (cada vez más hermosas, todas ellas, dice el público) y los chicos (cada vez más panzones, también dicen las malas lenguas) que integran Tu Tiempo es Hoy juntaron $ 452 de rifas que serán destinados a comprar ladrillos para seguir construyendo el comedor de Merlo.

-Las cajas se llenaron de útiles escolares y cartucheras que se llevó la gente de la Escuela N° 8 (Reino de Tailandia).

-El belga se ganó un dibujo en las rifas y se lo llevó en avión, enrollado junto a su bolsa de dormir.

-Los locos que están formando una bola de nieve cada vez más brillante se llevaron todas las estrellas que iluminaron el Arcoíris más grande del Mundo. Dicen algunos que la vieron rodando por Pavón, rumbo a Lomas de Zamora. Si alguien la ve, se solicita no dar aviso a la policía. Déjenla rodar, que puede crear otro mundo nuevo en cualquier momento, en cualquier lugar.

jueves, 18 de abril de 2013

Defensa del Arcoiris

Fuimos a conocer a la Escuela N° 8 del barrio Cildáñez, de Villa Lugano, gravemente inundado durante las últimas lluvias y destino de las cartucheras con útiles escolares que juntaremos en el Arcoiris más grande del Mundo. Luis iba a escribir un texto contándoles quiénes son los que van a recibirlas. Pero como además de secuaces, somos los dos editores, no nos pusimos de acuerdo y escribimos un párrafo cada uno sobre nuestras sensaciones.

Por Luis Moranelli y Ariel Caravaggio
Van diez o quince minutos de conversación. Guillermo, director de la Escuela 8 de Cildañez, en Lugano, no abusa de las palabras. Usa las justas, pero dice mucho. En el medio de la charla aparece la tentación: contar la historia desde el personaje. Segundos después, el protagonista derrumba la idea con una frase. “El problema es pensar que todo depende de si un director es copado o es choto”, dice, bien clarito. Un cachetazo para las autoridades, para sus colegas y para quien escribe esta nota.

Para quienes escriben esta nota. Desde sus computadoras. Desde el colectivo 50. Desde el patio del colegio de la calle Homero, el aula de Dirección que exhibe en su pared la “Defensa de la alegría” de Benedetti (*), quienes la escriben desde la entrada al barrio Cildáñez, ese que tras una obra en el arroyo homónimo había dejado de inundarse. Pero nada es para siempre, y a dos semanas de  las tormentas que afectaron a La Plata, Capital, La Matanza y buena parte de la Provincia, todavía se reparten ropa y elementos de limpieza en las puertas de las asociaciones civiles .

sábado, 6 de abril de 2013

Que no se corte

Tuve un sueño. No, no me pintó el Martin Luther King. Anoche me acosté pensando en las seis de la mañana y los gritos bolicheros que subían en volutas de humo a mi ventana fueron como un arrullo. Me dormí profundamente, y en cuestión de minutos (como si el tiempo existiera cuando uno duerme, como si fuera veraz la sensación de la pesadilla interrumpida por el despierte cuando nunca sabemos si estábamos soñando recién o fue en otra época, en otra cama, en otra vida) aparecí en un mundo fantástico, parecido al Mundo de Papel.
Por Renzo Layco
Yo estaba con amigos. A algunos los reconocía en caras distintas. Otros no tenían rostro. Había mucha gente en movimiento, y de repente mis amigos, los demás y yo éramos lo mismo. Todos traían y llevaban cosas para Silvia. Silvia era la misma mujer de acá: la esposa de Raúl, la madre de Mati, la heroína del barrio Santa Isabel, Merlo. La que le da de comer a unos 120 pibes todos los sábados, esa que ahora también les da apoyo escolar los días de semana, la que se acomoda los anteojitos ovalados y revuelve el tuco con un palo de escoba devenido en cucharón (hay que conseguir una cuchara para Silvia. Hay que conseguir también un colador grande, gigante, el más grande del mundo).
Del otro lado del sueño, Silvia estaba en La Plata. Se le había inundado su casa como se llenaron de agua las viviendas precarias de las familias que la rodean, de este lado del sueño, en Merlo. Y la gente se movilizaba.
Cientos de miles de personas llegaban de todos lados. También había otros dañados por una enorme catástrofe natural que, entre las sábanas y mi imaginación, también tenía mucho de negligencia política. Nuestros amigos nos confiaban cosas para Silvia y también para los otros damnificados. La tele y las radios dedicaban toda su agenda a vanagloriar la solidaridad de la sociedad. Los diarios homenajeaban la reacción del pueblo en sus tapas.

Me desperté en mitad de la escena hollywoodense.

lunes, 1 de abril de 2013

El arcoiris más grande del mundo

Todavía está fresco. Se huele en las especias de las ferias hindúes, se oye en las bocinas, se percibe en los ojos de Avril, hija de un padre irlandés y una madre sudafricana que, a los cuatro años, tenía que esconderse bajo las tablas del suelo cuando la policía inspeccionaba su casa. Su hermana blanca seguía jugando, su madre negra se vestía de mucama para ocultar el delito de haberse enamorado de un europeo y el mundo en las afueras de Ciudad del Cabo seguía girando, enfermo, ciego, asesino.

Nomonde, la directoria de un jardín-comedor comunitario
del pueblo de Chesterville, Durban (Sudáfrica).
El Apartheid todavía se respira en Sudáfrica, acaso porque se extinguió hace apenas dos décadas. Hasta entonces, la gente era clasificada según su color de piel. Así, había escuelas, iglesias y hasta barrios para blancos, negros puros, coloured (lo que serían mestizos), hindúes, chinos y cualquier otra condición física o social que pudiera martillar el alma hasta desintegrarla.

Durante un afortunadísimo viaje al país más austral del continente cuna de la humanidad, gugleé la definición de “color” y, la verdad, no entendí un pepino. En Wikipedia y otros sitios había definiciones como “fotorreceptores”, “espectro electromagnético” o “síntesis sustractiva” para explicar qué eran los colores. Pero me quedé con un fragmento que contaba que, cuanto menos luz hay en el entorno que nos rodea, más se polariza y reduce nuestra distinción de los colores al blanco y negro. Es decir, si está muy oscuro, sólo vemos esos dos extremos. Nos perdemos todo lo que está en el medio.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El mejor material para construir un domingo

"Tu tiempo es hoy" se llama así porque surgió a días de la muerte de Spinetta ("no corras más...", dice el tema que lo hizo famoso). La ciudad fantástica que quisimos crear en la UNGS, ¿casualmente? a un año de la partida del Flaco, se llamó Mundo de Papel en homenaje a los ojos de la protagonista de esa canción. Además, sonaba bien para un planeta que nos devolviera a la niñez. Pero Sol Tiscornia se encargó de encontrar entre los visitantes y dueños de esta tierra  maravillosa otros significados y, además, describir lo indescriptible: la demencial jornada del domingo.

Por Sol Tiscornia
¿Qué tiene de bueno un mundo de papel? El papel se rompe, se moja, se ensucia, se pone viejo y si viene un viento muy fuerte se va volando y desaparece. Hasta los tres chanchitos sabían que no se puede construir con él. ¿Por qué no armar un universo de acero, de piedra o hasta de tierra? Algo duro e inalterable. La gente de Tu Tiempo es Hoy, Manos Abiertas y Tu Ayuda Suma, los organizadores del evento solidario que se hizo el domingo 10 de marzo en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), insistió en que querían hacer un Mundo de Papel y que ése y ningún otro sería el material predilecto. No el más fuerte, ni resistente ni provechoso, dijeron, “es simplemente el mejor”.
En esa “ciudad fantástica” que crearían habría música, actores, artesanos, bandas en vivo, murgueros, brujas, princesas y hasta puestos de hamburguesas y tacos mexicanos. Todo sostenido por hojas y cartones. De ellos dependería la suerte de cerca de mil personas que reciben la ayuda de tres instituciones para las que esperaban recolectar pilas de alimentos y útiles escolares. La planearon por semanas. Se proveyeron de tijeras, plasticolas, diarios viejos, cartulinas nuevas y revistas con estampas de modelos famosas para ayudarla a nacer. Anunciaron su inauguración en la radio y la esperaron ansiosos. El domingo, aseguraron los meteorólogos, llovería. El agua deshace el papel.
Fue mentira. Resulta que los meteorólogos no dicen la verdad. El domingo hubo sol y cielo celeste. Cartones sequitos. Entonces el Mundo de Papel empezó a nacer. Nadie lo parió: reciclaron. Todo fue verde y moderno. Estrellitas doradas, origami hecho con clasificados, mapas interactivos, guirnaldas y colores magenta, verde oliva y azul popurrí. En la entrada, un cartel adornado con témperas daba la bienvenida: “Todas las personas grandes han sido niños antes, pero pocas lo recuerdan”, advertía. Una copia exacta de la oración con la que Saint-Exupéry le dio los puntos finales a la introducción de El Principito en 1943. Pero por más aciertos que haya tenido el autor francés, cuando escribió esa frase se equivocó: nada perdura más en la memoria de la humanidad que la infancia. Los saben los psicólogos, después de horas de divanes y bolsillos llenos de escuchar anécdotas de vergüenzas escolares y caídas en bicicletas. Lo confirman los paladares, que hacen su podio de sabores según los ingredientes que usaban las abuelas, y lo intuyeron, también, los mentores del Mundo de Papel. “Vamos a armar una ciudad fantástica en la que uno pueda volver a la niñez”, se entusiasmaban al contar su invención y aún entre pronósticos de lluvias y tormentas aisladas se los veía emocionados, felices y con sonrisas de gancho.  
A pesar de haber elegido el material más inelegible, lo lograron: el domingo el predio de la UNGS fue un desfile de adultos barbudos que se dejaban pintar corazones en los cachetes para que les den caramelos a cambio, carreras con mujeres saltando hacia la meta adentro de bolsas de papas y padres dejando celulares de lado para jugar a las bolitas. Ahí, a diferencia de lo que creía Saint-Exupéry, nadie pareció haberse olvidado de cómo era ser chico.

viernes, 8 de marzo de 2013

Soñar cuesta un mundo


Apareció un poco como una revelación, entre conjeturas de almohada e inquietudes de perro pulgoso. Fue parido de una charla, o de miles de charlas, de un racimo de sentimientos profundos, oceánicos, tectónicos. De una necesidad y de la inmediata complicidad de un puñado de amigos (díganme qué hay más sagrado que esos individuos que un día son extraños que no tienen tu sangre, ni comparten tu techo ni lamen tus heridas, y horas después te siguen a la Conchinchina, se sumergen con vos sin tubo de oxígeno en un volcán).
Renzo Layco
Me acordé ahora por dos cosas. En primer lugar, una amiga está padeciendo un ataque de insomnio galopante, y Tu Tiempo es Hoy germinó una noche con poco sueño y muchos laberintos. La otra es el vértigo que da la cercanía al Mundo de Papel, el evento solidario, happening artístico, cuento épico, el proyecto  más grande que encaramos en poco más de un año de vida. El vértigo y el peso de la responsabilidad, pero el alivio de las espaldas que se apoyan a las nuestras.
Aquella noche de insomnio en la que tomó difusas formas Tu Tiempo es Hoy, soñé (con ojos abiertísimos) con esto. Viste que en los sueños ahora estás acá, ponele, en el living frente a la compu con el perro que se llama Judas. Pero de pronto van a entrar ladrones y ahora estás en una calle oscura, después en un castillo, y los ladrones son extraterrestres que quieren practicarte una lobotomía. O una pantera negra que te corre en el supermercado, en la escuela, en la redacción. Bueno, al menos mis sueños son así.